| 1.1. Ejercicio: |
| El ejercicio
adecuado nos ayuda a una tonificación muscular, evitando tanto
la rigidez como el exceso de activación del sistema nervioso,
propiciando un sano cansancio que favorece el sueño reparador
y calma el exceso de cavilaciones y rumiaciones (pensamientos recurrentes).
Si nuestro estado físico no es adecuado (tenemos
síntomas como mareos, vértigos, nauseas) y no podemos
tolerar un ejercicio intenso, se puede optar por repartirlo en fragmentos
pequeños a lo largo de día y partir de un ritmo muy
suave hasta ganar un bienestar suficiente para abordar esfuerzos
de mayor envergadura.
Es preferible practicar un deporte lúdico
que nos guste o hayamos disfrutado de él en el pasado, ya
que de paso nos proporcionará mayor satisfacción que
la gimnasia fría y pesada.
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1.2.
Hábitos de sueño y alimentación:
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El sobreesfuerzo que entraña una vida desordenada
tiene un peso por sí mismo como factor estresante en el resultado
global de una ansiedad excesiva.
No pocas personas
se han acostumbrado a una alimentación caótica y unos
horarios de sueño demasiado ajustados o irregulares, lo que
mientras sus fuerzas lo permitan parecieran a primera vista no tener
consecuencias negativas. Regular el sueño, de forma que sea
suficiente y que el cuerpo encuentre un alivio en poder se adaptar
a una rutina sistemática, puede ayudar a disminuir la tensión.
Una alimentación variada y no muy pesada
favorece el control de muchos síntomas gástricos que
se favorecen en estado de ansiedad (diarreas, estreñimiento,
gases, molestias estomacales, etc). Muchas personas detectan su
grado de angustia por las sensaciones que les produce en el estómago,
otras por las sensaciones de mareo por la mañana: a unas
y otras no les conviene complicarse con una alimentación
inadecuada.
Un grado elevado de ansiedad hace que el momento
de conciliar el sueño sea más dificultoso porque aparecen
en la mente ráfagas de pensamientos que nos desvelan o bien,
nos dedicamos, en el momento que nos tocaría descansar, a
cansarnos con pesados exámenes de conciencia y arduos preparativos
para el día siguiente. El resultado es que robamos tiempo
al sueño porque nuestro estado es demasiado frágil
como para soportar estas provocaciones.
Sería aconsejable que mientras no podamos
recuperarla capacidad de dormirnos rápido nos ayudemos a
nosotros mismos eligiendo un momento distinto para las reflexiones
y la planificación del día la dejemos para la mañana
siguiente.
A cambio nos relajaremos pensando cosas agradables
o leyendo un artículo o una revista, para inducir el sueño.
Si estamos más de quince minutos removiéndonos entre
las sábanas sin poder dormir, en vez de hacernos mala sangre,
es preferible levantarse y seguir leyendo el artículo o viendo
un programa aburrido de televisión hasta que notemos que
los párpados nos pesan y entonces volvamos a la cama.
La persona ansiosa puede torturarse con facilidad
por el hecho de que si le cuesta dormirse tendrá dificultades
para estar despejada al día siguiente y se atormenta ante
la idea de que se aproxima la hora del despertar.
La misma anticipación o temor de que igual
no podemos dormir bien puede causar que durmamos mal. Hay que recordar
dormirse es algo pasivo, no algo que hagamos poniendo mucho esfuerzo
de voluntad y que provoquemos con el látigo de la frase "¡tengo
que dormir!'', por consiguiente el método para conseguir
que venga el sueño es no hacer nada en particular, ni siquiera
pensar en ello, simplemente viviendo bien el día (para que
el desasosiego no nos pida consuelos de última hora), y acabar
bien la noche con actividades neutras (ni demasiado emocionantes
ni demasiado desagradables).
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1.3.
Desaceleración:
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Ante una situación de estrés se impone
una cierta rebaja de nuestras aspiraciones. No podemos forzar la
marcha para que quepan más cosas en el mismo periodo de tiempo,
y hay que seleccionar con criterios de relevancia, intentando delegar
o aplazar el resto.
Aunque logremos disminuir la cantidad, podemos estar
tan acelerados que sin quererlo hacemos las cosas igual de rápido
aun con menos actividades y nos damos cuenta que nos sobran huecos
de repentina inactividad.
Desacelerar significa lentificar todos nuestros
movimientos forzando una "velocidad de paseo'', apostando por
regodearnos con la perfección y pulimento de lo que llevamos
entre manos (por ejemplo, escribir con muy buena letra, seleccionar
las palabras, ampliar las frases entrando en detalles y consideraciones,
repasar los trabajos o introducir pequeñas mejoras creativas).
Las sensaciones de vacío hay que llenarlas
con algo que nos ayude a no desquiciarnos frente a ese fisura, atendiendo
con esmero a lo que nos rodea observando bien lo que tenemos a nuestro
alrededor, donde estoy, como es la persona con la que estoy, jugando
a crear algo divertido, entretenido y relajado para ofrecer goce
al tiempo que pasa y que así transcurrir se convierta en
un vivir agradable.
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1.4.
Planificación de actividades:
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La sabiduría y astucia a la hora de planificar
nuestras actividades es otra herramienta muy conveniente para rebajar
tensiones, sabiendo intercalar descansos oportunos para aliviar
el crecimiento de la ansiedad o cambiando el tipo de tarea a una
más suave o llevadera, hasta recuperar el buen talante y
afrontar la dureza del día con energías siempre sobradas
en vez de desfallecidas.
No debemos olvidar que al cabo del día hemos
de dar satisfacción a distintas necesidades y no descuidarlas
es una forma de armonizarnos, dedicando tiempo a los amigos, a nuestras
lecturas, músicas y placeres personales, teniendo momentos
de contacto afectivo.
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1.5.
Ayuda farmacológica:
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Si los síntomas de la
ansiedad o las consecuencias que reporta son demasiado desagradables
o incapacitantes, podemos recurrir a una ayuda farmacológica.
Los sedantes y ansiolíticos pueden ser de
gran ayuda, aunque en ocasiones les demos un papel más modesto
de apoyo de lo que debiéramos. Los ansiolíticos son
fármacos que se utilizan durante un periodo de tiempo adecuado
y que siempre deben ir prescritos por el médico. Hay diferentes
tipos y debe elegirse el adecuado para cada tipo de paciente y cada
situación.
No hay que tener miedo a las pastillas
y aunque en algunos casos tienen efectos secundarios, estos son,
en la mayoría de los pacientes, leves y pasajeros. Conviene
consultar siempre al médico todas las dudas que puedan surgir
en cuanto a la posología o los efectos secundarios.
Es insuficiente y peligroso considerar los tranquilizantes
como una pastilla que nos da un alivio para seguir haciendo
lo mismo que estábamos haciendo, pero sin consecuencias desagradables
(algo así como si alguien pidiera al médico una medicina
para el dolor de estómago para poder seguir dándose
atracones a su antojo).
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1.6. Técnicas de relajación:
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| Los ejercicios de relajación,
respiración y yoga son tan poderosos como un fármaco,
aunque algo más trabajosos. Puede resultar una buena inversión
aprender estas técnicas por que no sólo serán
útiles para afrontar el momento actual, sino que nos ayudarán
a cuidarnos ante los agobios que nos depare el futuro. |
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1.7.
Actividades manuales:
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Las actividades manuales son muy convenientes para
las personas que tienen ansiedad y preocupaciones intelectuales.
Las aficiones artísticas y de bricolaje nos hacen entrar
en contacto con los objetos sencillos y nos dulcifican, haciendo
que hundamos nuestras raíces en la realidad. El disfrutar
de la naturaleza tiene similar efecto benéfico.
Las personas cuyo estrés tiene un origen
físico (trajín imparable, niños revoloteando,
esfuerzos físicos intensos, etc.) les interesa más
bien lo contrario, dejar aparcado el cuerpo y hacer trabajar el
espíritu con cosas que estimulen la inteligencia, como podría
ser una actividad de aprendizaje (idiomas, ordenadores, cursillo)
o una actividad asociativa (vecinal, ONG, etc.) o lúdica.
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| Si se dispone de una pareja conviene
dedicarle atención, procurando cultivar la atracción
mutua. Las relaciones sexuales satisfactorias (evitando que resulten
exigentes, compulsivas o rutinarias) tienen un efecto muy beneficioso
para espantar tensiones acumuladas. Puede ser un buen momento para
mejorar la comunicación y el arte de amar. |
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1.9. Actividad social:
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Aumentar la vida social, vincularse, participar
en las conversaciones, reuniones informales y cultivar la amistad,
son ideas positivas y loables por sí mismas y no deben dejarse
de lado pensando que el "retiro'' y el aislamiento nos tranquilizarán
en mayor medida.
Particularmente conviene calmarse
mediante el vínculo con lo afectivo, con el contacto con
las personas a nuestro alrededor, nuestra pareja y nuestra familia.
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